Category: Aysen

Se dice que trabajaba en la bolsa de comercio de la capital o en alguna de esas empresas donde la gente nunca se siente plena. Y que se sacaba cresta y media trabajando, pero que no había caso, la satisfacción no se asomaba por ningún lado. No sabía bien como había llegado a trabajar en finanzas, habiendo estudiado antropología.

Un buen día de verano, hace ya una buena cantidad de años, hastiado de los tropezones y codazos del mundillo financiero, resolvió irse de mochileo al sur a ver si el aire cálido del verano sureño le daba señales de que diablos hacer con su vida. Y partió derechito a la carretera austral, y no se sabe bien como, llegó a Medio Palena más conocido como La Junta, desde donde dicen proviene el más jugoso lomo vetado nacional.

©Pablo Retamal

Y quizá fue el aire, los colores, lo verde, lo bello, lo prístino, los olores, todo lo anterior o quizá que, la cosa es que estuvo varios días dándose vueltas por allá, con cierto apuro, sus ojos deseando no perderse ni un solo detalle. En su sangre le hervía la adrenalina y en la cabeza le daban vuelta tantas ideas que no podía ni dormir. Fueron esas noches de insomnio, en esa pequeña carpa que le hacía de vivienda, que trazó con lujo de detalles sus siguientes pasos. Y se volvió feliz a Santiago.

Dicen que de vuelta a la metrópoli, lo primero que hizo fue aparecerse puntualmente por la oficina, y que no le tomó más de un par de pestañeadas para comunicarle a su jefe que ya no contara con él. Y –porque? le contradijo el jefe, y él que – porque no nomas y chaito nos vemos, por ser un poco cortés.

Y que salió feliz, y que lo primero que hizo fue comprarse una kombi de la post-guerra o algo así. Que la llenó de latas de atun, un colchón, combustible, algo de ropa, los libros y los cuadernos para hacer planes y que –chao mamita, chao papito, partió rajado en la kombi delirante de felicidad hacia el sur, ese sur al que algún día llegaría a llamar su sur, su casa, su tierra.

Y allá las revolvió de lo lindo. Sin mayor idea de como hacerlo se construyó una casa. Y con lo que aprendió amplió la misma. Y con lo que siguió aprendiendo le construyó casas a un montón de otra gente. Entre medio se enamoró. Fue de una colombiana, que le puso como ultimátum que le acompañaría solo 10 años en ese festival del abandono que es la Patagonia chilena. Hoy no tienen intención alguna de irse, tienen un hotel «bellísimo» como lo pronuncia la colombiana, que entrega lo que promete en su nombre, Espacio y Tiempo.

Algo muy especial tiene que haber en esa tierra para que un antropólogo, soldado fugaz del gélido mundo financiero, termine siendo un empresario del relajo y construyendo casas junto a una colombiana en Medio Palena.

Eso ocurre en La Junta, 
1280 habitantes, comuna de Cisnes, Región de Aysén.

No se le hace justicia comparar a Aysén con cualquier otra parte del planeta. Aysén solo se compara a si misma. Es singular y hermosa desde y hacia donde se le mire. No cuesta nada entender porqué tanta gente que la visita decide simplemente quedarse. Como si algo les hiciera click muy adentro, y deciden abandonarlo todo y asentarse sin más provocación que la combinación de lo puro y lo bello, que puede llegar a transformarlo a uno.

Como el suizo «loco» aquel que conocimos, que decidió instalarse en la afueras de Bahía Murta frente al lago General Carrera cuando no había un solo camino para llegar allí. Se buscó una mujer que fuera tan loca como él y le aceptara irse a vivir literalmente a la punta del cerro rodeada de la nada misma. 

©Pablo Retamal


©Pablo Retamal


Vivieron un largo tiempo en carpa mientras construían a punta de martillo su adorable cabaña de 3×3 metros con un pequeño fogón a leña y un baño exterior a unos 10 metros. Allí se la pasaron felices e incontables crudos inviernos, junto a un recién nacido y su pequeño perro. Construyeron el granero, el establo para un par de cabritos, y el invernadero. El agua les llega por gravedad desde una vertiente algo más arriba, tan pura como sus tomates, su queso, los huevos y casi todo lo que consumen.

Ya han pasado 15 años. Hoy viven en una cabaña mucho mayor que el propio suizo nuevamente construyó con sus mismas manos. Es de troncos artesanales y algo irregulares que acentúan lo rústico. Entre cada tronco largas tiras de piel de oveja le proveen una excelente aislación. La cabaña se encuentra a unos 50 metros de la anterior, sobre una pequeña lomita. La protegen de los vientos invernales una hilera de frondosos cipreses. Tiene una vista cinematográfica hacia el lago y su extremo opuesto.

El suizo Bernard sabia muy bien que lo que deseaba era paz. Por eso hizo su cabaña a exactos 20 minutos de empinada caminata desde donde los automóviles logran llegar. Todo insumo pesado que sea imprescindible lo trae una junta de bueyes. 

Su hijo camina por casi media hora al colegio en solitario, varios días a la semana cortando camino por entre los bosques de cipreses. Se me hace una especie de Tom Sawyer de la patagonia chilena.

«El que se apura pierde e tiempo», nos advierte Luis, nuestro guía en un recorrido por Aysén con los tiempos algo estrechos. Fue técnico agrícola y había recorrido la región de cabo a rabo, inclusive pastoreando ganado sobre varios metros de nieve. Eso hasta que lo fichó un operador gringo especialista en expediciones complejas, con el cual aprendió la base de lo que es hoy su empresa, de la cual es chofer, guía, fixer y gerente. 

Annais Ferreira: www.flickr.com/photos/annais/
A las 3 horas, rendido ante el ruido monótono del motor, la media luz del atardecer y la sinuosidad del camino, me quedo dormido. Al despertar casi llegando a nuestro destino, veo que Luis sigue recio al volante, sin el más mínimo asomo de agotamiento. Se me ocurre que soy un pésimo copiloto. 

El recorrido partió en Balmaceda cerca del medio día y siguió hasta Cerro Castillo donde nos esperaba un restaurante cerrado para nuestros decepcionados estómagos, que amablemente abrió ante las ágiles gestiones de Luis, y que nos brindó una cena de proporciones descomunales. De ahí seguimos a Puerto Río Tranquilo. De ahí al día siguiente a Bahia Murta y luego un enorme tramo en subida hacia Puyuhuapi, para cerrar en La Junta, hacia los confines orientales de la región de Aysén, uno de los lugares más espectaculares que podría uno visitar en esta tierra.


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