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Por un lado somos punteros en los rankings internacionales en desarrollo económico y calidad de vida, pero por otro un 17% de nosotros sufre de depresión (29,5% en Santiago). Crecimiento a toda costa, consumismo, alto endeudamiento, inequidad, suenan como razones factibles.

En Pijama Surf, donde escriben destacadas plumas de la región, analizan el destacado rol en los rankings internacionales de Chile y teorizan: «Algo que suena como una puntada de humor negro, cuando se considera que Chile es el país que más suicidios y personas deprimidas tiene en la región. ¿El mejor país para vivir… o para morir?»

Pienso en el origen de esta paradoja y en el menuda reputación que nos estamos haciendo como el líder en los rankings de los países más «tristes y depresivos del mundo», si bien exitosos en la búsqueda del desarrollo. Se me viene a la cabeza un libro que leí hace muy poco «Small is Beautiful» de E.F Schumacher, que sugiere: «…la prosperidad (universal), si alcanzable, lo es solamente al cultivar impulsos de la naturaleza humana tales como la codicia, la envidia, los cuales destruyen la inteligencia, la felicidad y la serenidad y así la paz del hombre». El autor lo plantea en su libro del año 1972.

El artículo completo «LA PARADOJA DE CHILE: EL PAÍS MÁS DEPRESIVO DEL MUNDO», puede ser leído aquí.

Revista Sentidos Comunes

Unos 2 o 3 años atrás, se encargó a firma de Barcelona Chias Marketing el diseño de la marca de la ciudad de Santiago. Concurso público mediante, el ganador fue votado popularmente, gran novedad en el medio local. La polémica se instaló una vez elegido el diseño, dada la innegable similitud de este con el logo de la Fundación para la Confianza, y un cierto parecido con la tipografía de la marca de São Paulo, en Brasil. Su slogan «Siente Todo Chile», fue intensamente criticado por arrogarse la representación de Chile y de la totalidad de la provincia de Santiago.

Las marca país no ha corrido mejor suerte existiendo en menos de 10 años una serie de ellas: «A Natural Inspiration, y el «All Ways Surprising». Un paréntesis curioso resultó el «Do it the Chilean Way» en medio de la algarabía del rescate de los 33 mineros. Por fortuna venció el buen criterio, librándonos de un slogan que venía a presumir la cuestionable capacidad local de resolver problemas de mejor forma que en otras partes del mundo.

¿Somos una inspiración natural? ¿Y que hay de nuestra cultura?, se preguntaron legítimamente algunos. ¿Somos sorprendentes? Si, de maneras tanto positivas como negativas, alegaron otros.

¿Ha tenido la oportunidad de vivir un terremoto personalmente en nuestro país? Nada más sorprendente.

Último domingo de vacaciones. Acabamos de llegar de viaje y la inminencia del lunes se hace demasiado evidente. En una esquina de la habitación la maleta que acompañó mis aventuras gorda y apretada, me observa como queriendo decirme algo.

Decido dejarla cerrada, intacta tal y como llegó de ese país destacado como uno de los más alegres del mundo. Mi ropa formal de trabajo me espera en el closet y por cábala no la mezclo con bermudas o chalas de goma, ni menos con poleras de colores. Mi deseo es sencillo, perdurar la sensación de vivir de una maleta donde todo lo necesario está ahí en no más de 100 centímetros cúbicos de plástico. Que esa maleta conserve mi estado de ánimo vacacional cuando mi única preocupación era no dormir pasadas las 10 y 30 de la mañana hora de cierre del abundante desayuno.

Y así propongo asomar la nariz por una pequeña rendija de esa maleta cerrada cada día lunes, y sentir el olor de la lluvia y esa humedad propia de una selva que se moja con el Atlántico.

Pero el lunes es inminente y se nos viene como un tsunami, por lo que en un instante de lucidez concluyo que mantener imperecederos esos recuerdos de sabores, olores y visiones de cielo azul que tanto goce flotando panza arriba en el mar cálido, puede que sirva más bien para dejarme arrastrar hacia ataques de nostalgia infantiles que de nada servirán.

Con total hidalguía como quien se baña al amanecer en agua helada, abro de un sopetón la maleta y procedo a vaciarla por completo obviando los aromas vacacionales que desfilaban por mi nariz, impregnados en camisas y bermudas, y en ese libro inolvidable que descubrí empolvado en un librero del hotel.

Un santiamén me tomó abrir y vaciar la maleta, dejar ropas en el canasto de lo sucio, cerrarla y bajar a la bodega sin vacilaciones, para dejarla olvidada junto a otras que han corrido similar indiferencia.

Me voy a dormir, decidido en dejar las sensibleras pendejas post estivales, no obstante con la persistente sensación de que estoy obviando algo poderoso, de que deberé hacerme el loco y que esta sensación me acompañará por un buen tiempo.


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