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Miércoles, 8:15 am, avenida Miguel Claro 540. Una fila única espera la apertura del Registro Civil de Providencia. A las 8:30 se abren las puertas y la ordenada espera se convierte en una estampida de hienas por la savana africana. En la selva sobrevive el más apto, aquí el que primero alcance un número del dispensador rojo y un asiento al interior del recinto.

Un guardia aburrido se pasea entre la gente. Hace las de servicio de información, aunque nadie le haya solicitado o entrenado. 

Tengo el n° 27, y la pantalla marca el 76. Desde una radio bajo uno de los tres escritorios de atención, se oye reggaetón y uno que otro bolero. 

Estoy ansioso. Luego de una hora se acerca mi número. Con mi carnet a mano me aseguro que el número siga en mi bolsillo. Todo bien hasta que uno de los 3 empleados se levanta a prepararse un «tecito». Otro anuncia a viva voz «prioridad a mayores de 65!». Y otra media hora de espera.

Me fijo que todo es moderno: ahí mismo toman la foto, la firma digital, la huella. Nada es como los viejos tiempos, en que llevabas la foto y los dedos te los ensuciaban con tinta. Eso hasta que te fijas que al señor de al lado lo alumbran con una linterna a falta del flash de la cámara.

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Llega mi turno. Sin mirarme ni responder a mi saludo de buenos días, el que atiende me pregunta que si carnet o pasaporte, toma mis datos, que firme aquí y finiquita con «son 48 mil pesos». Le paso mi Redcompra y alega mirándome a la cara por primera vez con una mueca de ‘no-puedo-creer-otro-mas-hasta-cuando’: «solo aceptamos efectivo o es que no miró el letrero? Si está por todos lados!». 

Al volver del cajero, y mientras espero nuevamente el turno, me fijo en la tabla de precios impresa diminuta de unos 20×30 cm donde dice con lápiz pasta y escrito a mano: «solo se hacepta efectivo» (sic).

Cosas de nuestro Chile de hoy, la joya del pacífico que en cosas como estas se le nota qué tan adportas está realmente del desarrollo.