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Ana

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Una madrugada cualquiera, volvió a casa medio borracha luego de salir a parrandear con amigos. Que no supo si fue la sangría, la buena conversa, la brisa que soplaba del río o qué, la cosa es que llegó convencida de lo lindo de la vida, de que el tiempo había que malgastarlo adecuadamente y que bastaba ya de andar llorando el desempleo y la debacle económica española.

Así que apenas cerró la puerta a sus espaldas, se dirigió tambaleante al ordenador, y en ese buscador que todos utilizan escribió algo así como «viajando por países en vías de desarrollo», arrojando una variedad de artículos sobre China e India. Se preguntó en un par de segundos qué haría ella en India y peor aún en China. Así que afinando un poco la búsqueda agregó «en Latinoamérica», ante lo cual Brasil, la nación más pecaminosa del barrio, surgió ante sus ojos persuadiéndola. En otro par de segundos se imaginó allí bailando extasiada, rodeada de mulatos, diversión era lo que buscaba, perdurar la euforia de la noche, pero pensándolo bien igualmente se le hizo enorme, Rio y Sao Paulo medio impredecibles, así que continuó afinando la búsqueda adicionando «estables», donde Chile figuraba en un primerísimo lugar. «Y yo qué sé de Chile» se preguntó, viniéndose a su memoria el Winnipeg de Neruda del que de niña había oído con admiración, y las protestas de los estudiantes que por esos años rotaban notablemente por la prensa europea. Al seguir buscando dio con el caos de Valparaiso, que le hizo todo sentido, pero decidió empezar por la capital del país, dando irremediablemente con Santiago.

Al revisar a la rápida esos índices macroeconómicos, que nos encumbran en rankings internacionales de calidad de vida y que desde acá como que no calzan, se dijo a si misma que no había más que pensar e ahí mismo hizo reservas de pasajes. Me voy a Chile! anunció entusiasmada, todo en no más de 10 minutos de una alcoholizada navegación ciber espacial, y a dormir se fue.

Al despertar, el recuerdo de la precipitación borracha le vino como un latigazo, y se recriminó ser tan visceral, que tenía que aprender a pensar las cosas y no ser tan bruta para dejarse llevar como las mariposas por el viento.

Sin embargo el reproche fue tan fugaz como la reserva por internet. Luego de pensar sentada en la cama, se dejó respirar hondo en el medio de tremenda jaqueca, y como que todo le fue haciendo sentido. «Joder» se dijo, «si que me voy a Chile».

Y a Chile se vino. Y por acá anduvo un buen tiempo.

Y aunque adora varios aspectos de Santiago lleva un año y medio tratando de calzar la postal turística de internet con la del clasicismo, el smog y la veneración nacional por la vida de mall.

Repentinamente empezó a extrañar la brisa húmeda del río. A cada viaje de visita a su madre, esta le decía que no fuera loca, que saliera más abrigada, que dejara de ventilarse en las orillas del río, menos en pleno invierno. Melancólica y romántica como andaba, no había quien la corriera de las orillas del Guadalquivir. Fue así como empezó a sentirse medio prisionera en la capital de «mayor calidad de vida» de Latinoamérica.

Como conversa hasta con las piedras, poco le costó relacionarse y conocer gente que a uno le tomaría la vida. En una de esas estaba en su bar de costumbre de Santiago, tomándose una de esas sangrías alteradoras de razón que la trajo hasta acá, cuando conoció a un tipo que le habló de la belleza del Uruguay y la vida apacible de Montevideo. La tentó a visitar la ciudad, que le iba gustar, que se aventurara. No tuvo que ser muy persuasivo, pues ella, como que medio ofendida le dice, «que desde cuando me cuesta aventurarme a mi, y que claro que voy». Así que saliendo de allí, precipitada como es, hizo algunas averiguaciones de como llegar allí, donde quedarse, echó mano a un par de ahorros ínfimos, dejó ese trabajo que le pagó a medias, «y que importa si así somos los artistas» se dijo, y partió por 3 o 4 días, gracias a una conveniente oferta de última hora.

Y fue en ese Montevideo a las orillas del Rio de la Plata que todo le hizo sentido. Tanto sentido que volvió decidida a Santiago, a empacar lo que faltaba y a repartir besos y promesas de amistad eterna.

Hoy nos despedimos. Ana tomará un bus este fin de semana «de vuelta» a Montevideo, su nueva casa.

Y precipitadamente loca como es, me dijo que ser cesante significa lo mismo en Santiago que en Montevideo, así que se va no más. Es más, que si en una de esas, el bus se demora en Mendoza (que merece una visita larga), se queda por allí también.

Sin embargo es Montevideo lo que quiere. Quiere construir una huella, ser parte de la ciudad. Quiere tener su boliche favorito, donde le sirvan lo que le gusta sin que tenga que ordenarlo.

Que la saluden por su nombre y sobretodo poder mirar el agua del río desde la ciudad.